09 de febrero: Alejo Durán.
Samuel Muñoz Muñoz
09 de febrero: Alejo Durán.
El 9 de febrero de 1919 nació en El Paso, para la época corregimiento de Chiriguaná, departamento del Magdalena, el juglar Gilberto Alejandro Durán Díaz, hijo de Náfer Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal. El Congreso de la República mediante la Ley 1860 de agosto 1º de 2017, declaró el año 2019, como “El año conmemorativo a la vida y obra del Maestro Alejo Durán”. La Alcaldía de El Paso y la Fundación Alejo Vive, también exaltaron su memoria con un sentido homenaje.
En el primer Festival Vallenato Rey de Reyes en 1987, tuve la oportunidad de verlo inquieto, fumando y acomodándose insistentemente su sombrero “vueltiao”, mientras esperaba su turno para la ronda final, vestido con un safari color lila, muy de moda en los 80. Al preguntarle cómo veía la competencia, me respondió: “Tranquilo mijo, que suceda lo que Dios quiera, hay que aceptar lo que diga el jurado”. Ganó Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza y el fallo produjo tanta inconformidad e indignación en el pueblo, que el Ejército tuvo la necesidad de desocupar con disparos al aire la Plaza Alfonso López, que solo quedó llena de piedras y botellas esparcidas bajo el follaje de los mangos legendarios.
Alejo Durán tenía “rutina”, esa condición de los buenos acordeoneros que permite que alguien sin ser versado en la materia, los identifique solo con escuchar su instrumento. La rutina es la capacidad mental que para el arte tiene el músico, es algo innato que resalta su destreza para la interpretación y pareciera que nadie pudiera hacerlo mejor.
También fue un compositor fecundo, autor de más de cuatrocientas canciones, especialista en el arte de decir muchas cosas con pocas palabras y en el manejo melancólico de su inseparable acordeón, al que colocaba nombres y hacía canciones, para poder dialogar con él. El rojo, El pechichón, El 039, El niño bonito y Pedazo de acordeón, fueron algunos de los instrumentos que dieron sentido a su vida y moldearon parte de su ser. Pedazo de acordeón, su más amado instrumento, tenía una melodía inmensa y sonido brillante, que permitió a Alejo componer la canción más vinculada a su personalidad y que a través de los años se convirtió en su testamento musical, al punto de pedir que al morir lo acompañara al cementerio.
Muchachos si yo me muero/ les vengo a pedir el favor/ me lleven al cementerio/ mi pedazo de acordeón.
Cuando se le preguntaba por su lugar de origen y las razones por las que no tomaba licor, respondía con su marcada sabiduría popular: “Soy magdalenense de nacimiento, cordobés por adopción, cesarense por decreto y no tomo licor, pero el borracho me emborracha”
El maestro Alejo, gran pionero de la grandeza de nuestro folclor, al lado de Abel Antonio Villa y Luis Enrique Martínez, murió el miércoles 15 de noviembre de 1989, a las 8:55 de la mañana, en la habitación 204 de la Clínica Unión de Montería a los setenta años.
Fotografía. Doña Cecilia Caballero, esposa del gobernador del Cesar,
(1.967-1.968) Alfonso López Michelsen, hace entrega del Trofeo a Alejo Durán,
primer ganador del Festival de la Leyenda Vallenata.

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